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Revisión en Curso, Justicia Ausente

El VAR llegó a hacer justicia. Terminó siendo una herramienta que revisa lo que le conviene y no mira lo que no. Y mientras todos gritan, temporada a temporada, nada cambia.

Ezequiel L.·miércoles, 27 de mayo de 2026·4 min read · 657 palabras
Revisión en Curso, Justicia Ausente

El árbitro mira el monitor. Cuatro minutos. El estadio espera en ese silencio tenso que el fútbol moderno ha normalizado como si fuera parte del juego. Cuando la decisión llega, hay dos posibilidades: que esté bien, y nadie lo recuerde, o que esté mal, y todo el mundo lo recuerde para siempre sin que cambie absolutamente nada.

El VAR llegó con una promesa concreta: acabar con la injusticia arbitral. Con tecnología, con tiempo para revisar, sin la excusa del ojo humano limitado, los errores que cambian partidos iban a desaparecer. Era una promesa razonable. Nadie podía objetarla.

Pero lo que nadie anticipó es que la herramienta también funciona al revés. Hoy revisan cuatro ángulos para encontrar un milímetro de fuera de juego en la axila de un jugador que ni siquiera participó directamente en el gol. Mañana, una falta evidente —como la patada de Suárez a Varane por la espalda que terminó en gol de Barcelona— ni siquiera puede ser revisada: el propio reglamento se lo impide al VAR. La mano de Cucurella que podría haber sido penal en la Eurocopa no existió para el VAR. Otras manos, en otros partidos, en otras semanas, sí existieron y fueron cobradas sin dudar.

Falta de Suárez a Varane, Barcelona vs Real Madrid 2018
La patada de Suárez a Varane por la espalda. El árbitro no la pitó. El VAR no podía intervenir por reglamento.
Mano de Cucurella, Eurocopa 2024
La mano de Cucurella en la Eurocopa 2024. No fue penal. En otros partidos, jugadas similares sí lo fueron.

El criterio no es una línea recta. Es una escopeta de feria.

Y cuando alguien lo señala, aparece siempre el mismo escudo: los árbitros no son vendidos. Hay que decirlo y hay que sostenerlo — la presunción de inocencia no es negociable y este análisis no viene a tirarla por la borda. Pero esa defensa carga con una conclusión que el sistema no termina de procesar: si no son corruptos, entonces son simplemente malos. Fallan en los momentos que más importan, con tecnología disponible, con tiempo para revisar, con todos los recursos que el fútbol moderno pudo inventar. Y siguen fallando.

Eso no absuelve al sistema. Lo condena de otra manera.

Después llega el ritual. Real Madrid emite un comunicado. Barcelona habla de respetar a los árbitros — hasta que pierde, momento en que los ataca exactamente igual que todos los demás. Atlético de Madrid los cuestiona. River Plate denuncia una persecución sistemática reflejada en el arbitraje. Cada club, en su turno, hace exactamente lo mismo: demuestra públicamente su descontento, espera una respuesta que no llega, y sigue jugando la temporada siguiente.

Lo máximo que puede ocurrir es que al árbitro en cuestión lo manden a la heladera unas semanas. Paga los platos rotos. Pero el fallo sigue ahí. El resultado no cambia. Los puntos no se devuelven. Y en la fecha siguiente aparece otro árbitro, con otro partido, y el ciclo empieza de nuevo desde cero.

El grito se volvió paisaje. Es tan constante, viene de tantos lados y ocurre con tanta frecuencia, que se convirtió en ruido de fondo. El sistema lo sabe y lo aprovecha: cuando todos se quejan de todo todo el tiempo, la queja pierde peso. Se diluye. Cuando Real Madrid protesta cada semana, su protesta vale menos. Cuando Barcelona defiende árbitros en octubre y los ataca en marzo, su postura no tiene credibilidad. Cuando todos gritan siempre, el grito deja de significar algo.

No porque haya una conspiración que lo sostenga. Sino porque el sistema no fue diseñado para responder. Fue diseñado para continuar. Los comunicados son el precio de entrada. Las sanciones a los técnicos que hablan de más son el recordatorio de hasta dónde llega el margen. Y la tecnología que iba a resolver todo se convirtió en un argumento más dentro del debate, no en una solución fuera de él.

Temporada a temporada, el mismo chiste. Con distintos protagonistas, en distintos estadios, en distintas ligas. Pero el mismo chiste.

El árbitro del próximo partido ya está designado.

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