El fracaso del fútbol chino
China invirtió miles de millones para convertirse en potencia futbolística. Trajo a los mejores del mundo. Construyó academias. Y la selección nacional sigue sin clasificar a los mundiales.

En 2016, Carlos Tevez firmó por el Shanghai Shenhua por un sueldo semanal de 615.000 euros, convirtiéndose en ese momento en el jugador mejor pagado del mundo. Hulk cobró algo parecido en el Shanghai SIPG. Oscar llegó del Chelsea al Shanghai Port por unos 60 millones. La lista de estrellas que aterrizaron en la Superliga China entre 2015 y 2019 es larga y cara: Graziano Pellè, Alexandre Pato, Axel Witsel, Ramires, Paulinho, Jackson Martínez, Ezequiel Lavezzi, Anthony Modeste y muchos más.
El plan, impulsado directamente por el gobierno de Xi Jinping, era claro: invertir masivamente en talento global, atraer estrellas y entrenadores de élite, crear una liga competitiva y desarrollar, con el tiempo, una selección nacional capaz de pelear a nivel mundial para 2050. El dinero fluyó sin límites. Los resultados sostenibles, no.
Los entrenadores y las reglas del sistema
La apuesta no se limitó a jugadores. China contrató entrenadores de primer nivel: Luiz Felipe Scolari, Rafael Benítez, Marcello Lippi, Fabio Cannavaro, André Villas-Boas y Manuel Pellegrini pasaron todos por la liga o la selección. Algunos lograron títulos a corto plazo, pero pocos dejaron un legado estructural profundo.
Al mismo tiempo se aplicaron reglas proteccionistas con cierta lógica: prohibición de porteros extranjeros durante varios años para forzar la formación local en una posición históricamente débil, límites al número de extranjeros en cancha por partido y cupos obligatorios para jugadores sub-23 chinos en cada equipo. La idea era que la presencia de estrellas elevara el nivel general mientras las reglas forzaban a los jóvenes locales a tener minutos. En teoría, tenía sentido. En la práctica, los resultados no llegaron.
Lo que el dinero no pudo comprar: las ganas de competir
Se podía pagar el pase y cubrir sueldos astronómicos. No se podía comprar la motivación ni el hambre competitiva. Muchos jugadores vieron su paso por China como un retiro dorado anticipado:
El propio Tevez lo admitió sin rodeos: fue por el dinero y describió su experiencia como "unas vacaciones de siete meses". Jackson Martínez llegó ya lesionado, jugó poco y su carrera se apagó definitivamente. Lavezzi tuvo un paso discreto y se retiró pronto. Modeste, Pellè, Pato y Ramires mostraron rendimientos irregulares con actitudes que se describieron internamente como turismo futbolístico: cobrar, cumplir lo mínimo, marcharse.
La distancia geográfica, la diferencia horaria y la dificultad para generar arraigo emocional con los clubes y la afición hicieron que pocos se sintieran realmente comprometidos. Tras cobrar, la mayoría desapareció del foco internacional o regresó a ligas menores.
Por qué no despegó
La selección china tiene en 2025 el mismo problema que en 2015: no clasifica a los mundiales. Con 1.400 millones de personas, debería estadísticamente producir jugadores de primer nivel. No los produce, o no en cantidad suficiente. Las razones van más allá de las estrellas importadas.
La primera es cultural: el fútbol compite en China con el baloncesto, el bádminton, el tenis de mesa y una docena de deportes donde el país tiene una tradición de excelencia que el fútbol no tiene. Los niños con talento deportivo van hacia esos deportes porque el camino al éxito está más claro. La segunda es estructural: las academias construidas con la inversión de los años de bonanza buscaban resultados rápidos, no desarrollo a largo plazo. La mentalidad de "queremos resultados ahora" que funcionó para levantar infraestructura en quince años no funciona para formar futbolistas, que necesitan veinte años para madurar.
El colapso post-pandemia
La pandemia aceleró un proceso que ya estaba en marcha. Los clubes chinos habían acumulado deudas enormes durante los años de gasto descontrolado. Sin ingresos de taquilla y con la economía sufriendo su primera contracción en décadas, el modelo se derrumbó. Varios clubes desaparecieron directamente. Otros redujeron sus presupuestos a una fracción de lo que eran. Los jugadores extranjeros se fueron. Las estrellas europeas que habían llegado por los sueldos astronómicos no dejaron ninguna transferencia de conocimiento real: venían a cobrar, no a construir.
La lección que el fútbol global ignora
El caso chino recuerda al de la MLS hace 14 años, cuando fichaba estrellas en declive para generar hype. Aquella liga tardó décadas en dar frutos reales; China no tuvo la paciencia ni la continuidad necesarias para llegar a esa etapa.
El talento futbolístico no se compra de afuera de forma permanente. Se puede acelerar con dinero, pero se construye desde adentro: con cultura deportiva, estructuras de largo plazo, identidad y, sobre todo, con las ganas reales de competir. China lo intentó a escala monumental, con más recursos que ningún otro proyecto similar en la historia del fútbol. Y demostró claramente los límites de lo que el dinero puede comprar.
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