¿Estamos viendo el final del fútbol como lo conocimos?
La Superliga, el Mundial de 48 equipos, el calendario imposible, los clubes-estado. Todo indica que el fútbol está cambiando de manera irreversible. La pregunta es si lo que viene es mejor o peor.

En abril de 2021, doce clubes europeos anunciaron la creación de la Superliga europea. Dieciséis horas después, nueve de ellos se habían bajado del proyecto bajo la presión combinada de los gobiernos, las federaciones y las aficiones. Fue el intento más ambicioso y el fracaso más rápido de la historia reciente del fútbol. Pero el hecho de que se haya intentado dice algo importante sobre hacia dónde va el deporte.
La Superliga no murió. Siguió viva en los juzgados, en las conversaciones de los directivos y en la lógica económica que la produjo. Y mientras tanto, el fútbol siguió acumulando cambios que, sumados, configuran una transformación que ya no parece reversible.
El calendario que nadie puede sostener
Los jugadores de élite juegan hoy entre 60 y 70 partidos por temporada incluyendo selección. La Champions League amplió su formato a 36 equipos con más partidos en la fase de grupos. El Mundial de Clubes se expandió a 32 equipos con un torneo en verano. El Mundial 2026 tendrá 48 selecciones y 104 partidos. Cada nueva competición agrega fechas a un calendario que ya estaba al límite.
Las consecuencias son visibles: más lesiones musculares, más rendimientos decrecientes al final de la temporada, más partidos sin intensidad real porque los jugadores no tienen energía para sostenerla. Los clubes lo saben, los entrenadores lo denuncian, los médicos lo documentan. Y sin embargo el calendario sigue creciendo porque cada nueva competición genera nuevos derechos televisivos.
Hay un dato que resume el problema mejor que cualquier declaración. Entre 2008 y 2018, más de cuarenta jugadores —sin contar a Messi ni a Cristiano— llegaron a 29 goles o más en una sola temporada. Agüero, Falcao, Suárez, Cavani, Higuaín, Lewandowski, Ibrahimović, van Persie, Aubameyang, Forlán. Nombres distintos, ligas distintas, estilos distintos. Desde 2018 hasta hoy, ese número se reduce a ocho jugadores. En un fútbol que juega más partidos que nunca, hay menos goleadores de alto voltaje que en cualquier época reciente. El sistema se comió al pistolero.
Los clubes-estado, las redes y el desierto saudí
Manchester City, PSG, Newcastle — la lista de clubes con propietarios estatales o cuasi-estatales sigue creciendo. Estos clubes operan con una lógica diferente a la del mercado: no necesitan ser rentables porque sus propietarios tienen otros objetivos — imagen de país, soft power, diversificación de inversiones. Eso rompe el equilibrio competitivo de las ligas donde participan de maneras que las regulaciones actuales no logran contener.
El caso Manchester City y los 115 cargos por violaciones del fair play financiero que la Premier League le imputó es el ejemplo más visible. El proceso judicial lleva años. Mientras tanto, el club siguió ganando títulos.
Pero el dinero estatal no opera solo a través de clubes en Europa. La Saudi Pro League convirtió el fútbol en una herramienta de imagen nacional y, en el proceso, empezó a drenar talento de formas que el mercado no había visto antes. No solo los veteranos en busca de un último contrato. También jugadores jóvenes en pleno desarrollo. Gabri Veiga tenía 21 años y era uno de los mediocampistas más prometedores de Europa cuando el Al-Qadisiyah lo compró al Celta de Vigo. El boom se detuvo en seco. El jugador que podría haber marcado una época en una gran liga pasó años en un torneo que nadie mira, y tuvo que regresar al Oporto para intentar recuperar lo perdido. Es un caso. Hay más.
Paralelamente, los grupos de multipropiedad rediseñaron la arquitectura del fútbol desde adentro. El City Football Group controla más de diez clubes en distintos continentes. Red Bull tiene su propia red — Salzburgo como cantera, Leipzig como escaparate, Nueva York como mercado. Estos grupos no compran clubes para ganar títulos locales: los usan como eslabones de una cadena donde el talento sube por etapas y se vende en el momento de máxima cotización. El club de barrio que creías que era independiente puede ser, sin que sus hinchas lo sepan, una academia de otro club en otro país.
El resultado es una concentración de talento que no tiene precedente. Antes daba la sensación de que había jugadores gigantes en todos lados — un crack en el Deportivo, un genio en el Parma, una promesa desbordando en el Auxerre. Hoy los jugadores verdaderamente resaltantes están contados y están monopolizados por los mismos ocho o diez equipos. No porque hayan desaparecido los talentos, sino porque el sistema los absorbe antes de que puedan brillar en otro contexto.
La ley que puede cambiar todo
Por encima de todo esto, se viene un cambio reglamentario que podría alterar el fútbol de una manera más profunda que cualquier reforma institucional: la Ley Wenger. La propuesta de Arsène Wenger como jefe de desarrollo del fútbol global en FIFA plantea modificar la regla del fuera de lugar para que un atacante quede habilitado si cualquier parte de su cuerpo con la que pueda marcar está a la altura del último defensor. En la práctica, invierte la lógica actual: en lugar de buscar la parte más adelantada del atacante para anularlo, se busca si alguna parte de su cuerpo lo habilita.
El impacto sería enorme. Los delanteros recuperarían espacio. Los sistemas defensivos ultra-compactos perderían parte de su eficacia. La línea de fuera de juego que hoy se traza con tecnología milimétrica para anular goles legítimos a ojos de cualquier espectador dejaría de ser la guillotina que es hoy.
No es la primera vez que una regla cambia el juego en forma radical. En los años noventa, la modificación de la regla del fuera de lugar y la prohibición del pase hacia atrás al arquero transformaron el fútbol desde sus cimientos: más velocidad, más goles, más espacios. El fútbol que vino después fue diferente al de antes. Si la Ley Wenger se implementa, lo mismo puede ocurrir.
Lo que no va a cambiar
Y sin embargo hay algo que resiste. El fútbol sigue siendo el deporte más visto del planeta, con una base de seguidores que crece en África, Asia y América del Norte — mercados donde todavía hay espacio para expanderse. El Mundial de 2022 en Qatar fue el más visto de la historia. La final entre Argentina y Francia tuvo audiencias que ningún otro evento deportivo puede igualar.
El fútbol que viene va a ser diferente al que conocimos. Más global, más corporativo, más caro y más fragmentado entre los que tienen acceso a los clubes de élite y los que no. Pero seguirá produciendo momentos que nada puede reemplazar: un gol en el minuto noventa, una remontada imposible, una generación que aparece de la nada y cambia todo lo que se creía saber sobre el juego.
El fútbol como negocio puede estar cambiando para siempre. El fútbol como pasión es más difícil de matar.
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